Los campeones de la fe. Modelos bíblicos de la fe en Hebreos 11, 1-11
Autor: P. Tarcisio Carmona Hernández, ssp

“Los apóstoles le dijeron al Señor: ‘¡Auméntanos la fe!’ Jesús les respondió: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a este árbol de sicómoro: arráncate y plántate en el mar, y el árbol los obedecería” (Lc 17,5-6)



Un camino que dura toda la vida
“La puerta de la fe se cruza cuando la palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida” (Porta Fidei, n.1). Estas son algunas de las primeras afirmaciones de la carta Porta Fiedei, anunciando la celebración del año de la fe.

En los evangelios, la respuesta al anuncio de la Buena Nueva y a las obras de Jesús, se expresa mediante la fe sincera que brota del corazón. Gracias a ella es posible lograr lo que humanamente parece imposible. Y aunque la fe nos viene como don gratuito de parte de Dios, es responsabilidad de cada uno asumirla con libertad, mantenerla y fortalecerla. Esa es también una de las principales preocupaciones de la carta a los Hebreos: animar a los creyentes a mantenerse firmes en la fe, a las verdades que recibieron en la primera predicación (cfr. Heb 3, 1; 4, 14; 10, 23); y lo hace aludiendo a la omología, es decir, “la confesión de la comunidad que el individuo se apropia en el acto de su confesión personal”.

Por tanto, en este camino que dura toda la vida, es necesario saber “en Quién”, “en qué” y “para qué” creemos, dando prueba de nuestra fe, mediante las buenas obras.


La Porta Fidei
La carta apostólica Porta Fidei, fue publicada por el Papa Benedicto XVI el 11 de octubre de 2011, exactamente un año antes de dar inicio al año en que toda la Iglesia está llamada reflexionar y profundizar sobre la virtud teologal de la fe. Así pues, este “Año de la fe” servirá para conmemorar el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y concluirá con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. Además el 11 de octubre se celebrarán también los veinte años de la publicación Catecismo de la Iglesia Católica y en ese mismo mes dará inicio la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, sobre el tema: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

La carta Porta Fidei expresa también entre otras motivaciones las siguientes: “No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cfr. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cfr. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cfr. Jn 6, 51)” (Porta Fidei, 3).

Se espera, pues, “que este año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Y que sea una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía… Al mismo tiempo, se busca que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble” (PF, 9).


Los modelos de la fe en Hebreos 11, 1-11
En la Sagrada Escritura encontramos un gran número de hombres y mujeres ejemplares que se distinguieron por su fe en Dios. Cada cual, desde su propio contexto histórico y desde su realidad personal, fue respondiendo al proyecto de salvación a pesar de sus limitaciones humanas y sus dudas. Por ese motivo, conocer lo que distinguió la fe de estos personajes, es una oportunidad para confrontarnos nosotros mismos, con el fin descubrir y valorar este don precioso que Dios nos da, entendiendo que se trata de un acto consciente y libre; de confianza, fidelidad y respuesta personal, pero al mismo tiempo comunitaria; que cada uno vive y demuestra desde su propia realidad.


Manténganse firmes en la fe
En los primeros versículos del capítulo 11 encontramos una de las definiciones más claras de la fe: “La fe (pístis) es seguridad de lo que se espera (elpizomevov), certeza de las cosas (pragmaton) que no se ven” (Heb 11, 1).

“Y por la fe recibieron testimonio (de parte de Dios) los antiguos”. La carta menciona algunos de los antepasados de Israel para demostrar que al igual que ellos, todo creyente que se apoya en su fe podrá salir victorioso de cualquier dificultad o duda que se le presente en su camino. Cada ejemplo referido en este capítulo, es ya una interpretación de esos acontecimientos y las acciones que realizaron estos personajes. Y si ellos “recibieron testimonio” (emartirétesan) de parte de Dios, es decir que fueron escuchados y fortalecidos, también nosotros en el momento presente recibiremos esa respuesta segura del Señor.


La fe, certeza de lo que nadie vio

Por la fe es que entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios,
de modo que lo visible fue hecho de lo invisible.

La primera referencia que hace, es una mirada hacia el pasado, a lo que nadie vio, a la creación del mundo en el Génesis. ¿Cómo podemos estar seguros del origen del universo? Lo que nadie vio, lo que nadie supo lo sabemos por la fe. Reconocemos a Dios creador gracias a la fe, a partir de lo que contemplamos en la maravilla de cuanto existe y lo que nos ha sido revelado por medio de su Hijo.

San Pablo hablará con gran admiración de la gratuidad de Dios creador, parafraseando a Isaías (40, 13): “¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le dio primero que tenga derecho a recompensa? Porque todas las cosas provienen de él, y son por él y para él” (Rm 11, 34-45).


La fe, respuesta de libre obediencia

Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que el de Caín,
por lo cual recibió testimonio de ser justo, aprobando Dios sus ofrendas,
y también por la fe, aunque muerto, sigue hablando.


El texto del Génesis (4, 1-16), no nos dice el motivo por la cual Dios aceptó la ofrenda de Abel y rechazó la de Caín. Allí se mencionan solamente algunas diferencias que pudieron provocar los celos y el enojo de Caín contra su hermano; como el lugar que ocupaba cada cual en la familia, el oficio de pastor o agricultor; y la ofrenda de los productos de la tierra o de los rebaños.


Para el autor de la carta a los Hebreos, la ofrenda de Abel fue mejor, porque iba acompañada de la obediencia a Dios. En efecto, no fue necesario que el Señor hiciera alguna recomendación a Abel, pero sí tuvo que acercarse a Caín para cuestionarlo por su enojo (Gen 4, 6) y para advertirle que tuviera cuidado con lo que sentía en el corazón contra su hermano. Si Caín hubiera obedecido, quizá no lo habría matado.

Por tanto, las ofrendas que se presentan con fe, con un corazón limpio y manos puras, sin celos ni rivalidades, serán siempre bien recibidas por el Señor. Además, la fe de Abel y la inocencia de sus actos, hicieron que su sangre derramada se convirtiera en denuncia del culpable.


La fe del que agrada a Dios

Por la fe, Henoc fue llevado para que no viera la muerte,
y no fue encontrado porque Dios se lo había llevado;

sin embargo, antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios.

El tercer ejemplo está tomado del capítulo 5 del Génesis, y se trata de un personaje poco conocido: Henoc, hijo de Yared, quien podría pasar desapercibido entre la larga lista de los descendientes de Adán; pues incluso el nombre de uno de sus hijos nos resulta más familiar: Matusalén. Sin embargo, el v. 24 justifica esta referencia como modelo de fe para todas las generaciones: “Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Gen 5, 24). Si bien para nosotros no tiene gran relevancia porque sabemos poco de su vida, para la tradición judía sí la tuvo, por ser un ejemplo de piedad y haber sido privilegiado por Dios, quien lo rescató de la muerte, tal como lo afirma también el libro de Sirácide: “Henoc, que agradó al Señor y fue arrebatado, es ejemplo de conversión para todas las generaciones” (Sir 44, 16). Él recibió el testimonio de haber agradado a Dios, porque tenía fe (cfr. Sab 4, 10-11).

En la Carta de Judas v.14 hay una cita tomada del libro de Henoc, que nos testimonia la importancia de este personaje, a partir de un libro apócrifo de carácter apocalíptico escrito entre los siglos III-I a.C. que fue atribuido a su nombre.

Vale la pena citar la conclusión que expone la carta a los Hebreos a partir de la fe de Henoc: “Sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que retribuye a quienes lo buscan” (v.6).


La fe, certeza de lo que un no se ve

Por la fe, Noé, advertido acerca de las cosas que aún no se veían,
con reverente temor preparó el arca para la salvación de los de su casa,
y por esa misma fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que es según la fe.

En un periodo donde imperaba la maldad humana, Noé, por ser un hombre justo e íntegro, fue advertido por parte de Dios acerca del castigo que vendría sobre la humanidad. Así pues, comenzó la construcción del arca cuando aun no caía una sola gota de agua y lo que para muchos era una locura, para él fue una certeza de lo que estaba a punto de suceder.

Cuando Dios se arrepintió de haber creado al hombre, y decretó erradicarlo de la faz de la tierra (Gen 6, 6), Noé “halló gracia ante el Señor”. La carta a los Hebreos menciona que, además de la fe, Noé fue movido por “su reverente temor”, el cual implica también obediencia a la Palabra del Señor.

La fe de Noé castigó al mundo, ¿en qué sentido? En aquello que refieren algunos pasajes del Nuevo Testamento, según los cuales Noé anunció el juicio inminente y exhortó al arrepentimiento a sus contemporáneos (2Pe 2, 5), pero nadie prestó atención a sus palabras (Mt 24, 37ss.; Lc 17, 26. 27; 1Pe 3, 20), y cuando llegó el tiempo fatal, sólo su familia inmediata halló refugio en el arca, además de las parejas de animales que reunió para preservar las especies.

Para Noé, más importante que ver y comprobar lo que el Señor le anunciaba, fue creer y obedecer a Dios, porque tenía fe.


La fe es confianza plena

Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció para salir hacia el lugar que estaba por recibir
como herencia, y salió sin saber a dónde iba.
Por la fe emigró hacia la tierra de la promesa como si fuera tierra ajena,
viviendo en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa,
porque esperaba la ciudad de sólidos fundamentos, de la que Dios es arquitecto y constructor.

Entre los patriarcas, Abraham es el padre de la fe por excelencia. Ninguno como él manifestó tanta confianza y obediencia a la Palabra de Dios. “Y el Señor lo consideró un hombre justo” (Gen 15, 6). Esta confianza le llevó a dejar la seguridad de la casa paterna para ir a una tierra que no era la suya. Después, por su fe, esperó lo que parecía imposible, es decir, un hijo en la ancianidad (Gen 18, 4), superando los límites y las objeciones de la razón humana. A pesar de su propia incapacidad e insuficiencia, creyó en las promesas divinas y vio cumplido todo lo que se le había prometido.


Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió la fuerza para engendrar,
habiendo ya pasado la edad propicia para ello,

porque consideró que el que había hecho tal promesa era fiel.
Por eso, de uno solo, y casi muerto para ello,
nacieron en multitud hijos como las estrellas del cielo, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar.

Junto con Abraham se menciona a Sara, como modelo de fe; la cual siendo estéril y anciana, recibió la promesa de la maternidad. La carta a los Hebreos menciona positivamente la respuesta de Sara ante las promesas; sin embargo, en el libro del Génesis, Sara se ríe ante el anuncio de su maternidad y las palabras que expresa ponen de manera clara el motivo de su incredulidad: “Ahora que estoy pasada, ¿sentiré el placer, y además con mi marido ya viejo?” (Gen 18, 12).

Según la carta a los Hebreos, el acto de fe que le otorgó a Sara un lugar entre los héroes de la fe fue el creer que Dios le daría fuerzas para engendrar y dar a luz un hijo a pesar de la edad.


Tenemos una nube de testigos a nuestro alrededor
Hebreos 11, continúa mencionando otros personajes que en la historia de la salvación se distinguieron por su fe: Isaac, Jacob, José, Moisés, Rajab; y a manera de resumen, menciona que también podría hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas (Heb 11, 32). Todos ellos se distinguieron por su fidelidad y su confianza en Dios. Lograron ser reconocidos por su fe, y sin embargo, ninguno de ellos logró ver plenamente cumplidas las promesas del Señor. Por ese motivo, tanto los primeros destinatarios de la carta a los Hebreos, como nosotros, debemos sentirnos afortunados de ser testigos del cumplimiento pleno de aquellas promesas, en la persona de nuestro Señor Jesucristo (Heb 11, 39-40).


Jesús es quien da inicio y plenitud a la fe
La conclusión del tema de la fe está en los primeros versículos del capítulo 12. Aquella nube de testigos de la fe, es un estímulo para que nosotros nos apartemos de todo lo que nos estorba, lo que nos lleva a la incredulidad y la desconfianza. La certeza más grande la tenemos en Jesús, porque él es origen y plenitud de nuestra fe (12, 2). Él también, por su fidelidad al Padre y la firme esperanza de salir triunfante de la muerte, “soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la derecha del trono de Dios” (12, 2). Por eso tampoco nosotros hemos de perder el ánimo ante los problemas, porque la fe es garantía , éxito, tanto para alcanzar la gloria como para afrontar las más duras dificultades.


“Los apóstoles le dijeron al Señor: ‘¡Auméntanos la fe!’ Jesús les respondió:
“Si tuvieran fe como un grano de mostaza,
le dirían a este árbol de sicómoro: arráncate y plántate en el mar,
y el árbol los obedecería” (Lc 17, 5-6).

Estos dos versículos del evangelio de Lucas nos muestran el interés de Jesús por transmitir a sus discípulos una fe lo suficientemente fuerte para sostenerlos. Y en diversos momentos, sobre todo cuando ellos se daban cuenta de su debilidad, ellos mismos hacían esta petición: “Señor auméntanos la fe” (cfr. Mt 17, 20; 21, 21; Mc 5, 36; 9, 24).

Así pues, es importante vivir este "Año de la fe" con el compromiso de profundizar y afianzar nuestra propia fe personal y comunitaria. Pero no sólo desde un punto de vista teórico o de verdades que hay que aprender, sino mediante el testimonio de la caridad (cfr. PF, n. 14). De este capítulo 11 de la carta a los Hebreos también aprendemos que “la fe sin obras está muerta” (cfr. Sant 2, 14-18). A lo largo de este capítulo, cada caso de fe es subrayado con un verbo, una palabra de acción: “ofreció”, “dejó”, “anduvo con”, “construyó”, “salió”, “peregrinó”, “engendró”… Por eso es que “la fe sin caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y la caridad se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino” (cfr. PF, n. 14).


Acerca del autor
Tarcisio Carmona Hernández, sacerdote religioso de la Sociedad de San Pablo, es licenciado en ciencias de la comunicación por parte del Instituto de Comunicación y Filosofía (COMFIL) y licenciado en Sagradas Escrituras por parte del Pontificio Instituto Bíblico de Roma (PIB).

 

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