Los desafíos de una "nueva evangelización" en América Latina
Autor: Humberto Mauro Marsich, sx

En margen al Sínodo de los Obispos sobre
“La Nueva Evangelización para la trasmisión de la fe cristiana”



Introducción
El 11 de octubre de 2011 el Papa Benedicto XVI convocó a toda la Iglesia Católica al “Año de la fe”, que será también certera respuesta a las solicitaciones del próximo Sínodo de los Obispos sobre el tema “La nueva Evangelización para la trasmisión de la fe cristiana”. El tema de la evangelización retorna de actualidad. En efecto, el abandono masivo de la fe de parte de numerosos católicos; la frialdad en sus celebraciones sacramentales y la falta impactante de conocimiento y profundización de la misma han seguramente inducido a su Santidad a reavivarla a través de un nuevo impulso evangelizador. La Iglesia Latinoamericana, con motivo de las Conferencias Episcopales de Medellín, Puebla, Santo Domingo y, más recientemente, de Aparecida, ha sentido permanentemente la urgencia de seguir evangelizando y lo ha hecho convocando a la ‘Misión Permanente’. Laicos y ministros se han movilizado con entusiasmo y entrega, sin embargo, no ha sido como nos esperábamos. La cosa es que la fe no se ha fortalecido y la evangelización se ha estancado. La invitación del Papa hacia una nueva evangelización, ahora a nivel mundial, nos ayudará, sin lugar a duda, a reiniciar nuevos procesos evangelizadores o a dar continuidad a los iniciados anteriormente.

 

La Evangelización en el documento de Aparecida
Haciendo referencia al documento de Aparecida, vale la pena retomar su preocupación para evangelizar con la participación de todos los agentes de pastoral. En efecto, sigue siendo el mayor desafío de la Iglesia, hoy. De manera específica, Aparecida pide a la ‘parroquia’ un renovado compromiso evangelizador por ser ella espacio privilegiado de la iniciación cristiana, educación y celebración de la fe. En efecto, así se expresa Aparecida acerca de ella: “Espacio de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abierta a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizada de modo comunitario y responsable, integradora de los movimientos de apostolado” (n. 170). Para que sean evangelizadoras de verdad se les pide, a las parroquias, reformular sus estructuras, dejando atrás la imagen de la parroquia “agencia de servicios religiosos” (n. 172). Puesto que se reconoce que es inmenso el número de alejados, a las parroquias se les pide, entonces, que sean “misioneras”, convocando y formando, para ello, a sus laicos (n. 173-174). Central, para la eficacia del proceso evangelizador, será la celebración de la Eucaristía, verdadera escuela de vida cristiana sin descuidar, por supuesto, los otros sacramentos, que serán celebrados en la alegría del Señor (n. 175).
 

Por coherencia con la fe, que se profesa, y con el carácter social de la Eucaristía, las parroquias serán, también, centro de “acción caritativa y social”, recordándonos que “toda auténtica misión unifica la preocupación por la dimensión trascendente del ser humano y por todas sus necesidades concretas” (n. 176). Por vivir en una cultura fuertemente marcada por el relativismo y por la pérdida del sentido del pecado, Aparecida propone la práctica de la confesión e invita a recorrer caminos de conversión (n. 177).
 

La nueva evangelización, por cierto, por ninguna razón debe descuidar la ‘dimensión social’ de la fe en orden a la construcción efectiva del Reino de Dios, si quiere ser integral. Dar una verdadera dimensión social a la Evangelización constituye, por cierto, el reto más urgente de la Iglesia Latinoamericana.

 

Las Comunidades Eclesiales de Base y pequeñas comunidades
En las indicaciones pastorales del documento de Aparecida también las Comunidades Eclesiales de Base son estimuladas a seguir siendo formadoras de “cristianos comprometidos” con la transformación de la realidad social, en la que viven, (n. 178) y a contribuir a “revitalizar las parroquias haciendo de las mismas una comunidad de comunidades” (n. 179). A estas Comunidades Eclesiales de Base se les pide, entre otras cosas, que mantengan la comunión con su obispo y que se inserten en la pastoral diocesana. A los Párrocos, además, Aparecida pide un claro “cambio de actitudes” pastorales. Sin actitudes nuevas –se reconoce en el documento– no habrá renovación de las parroquias. En efecto, sólo un sacerdote enamorado del Señor podrá renovar su parroquia, caminar “hacia los alejados” (n. 201), integrar en la unidad a todos los colaboradores, crear cauces de comunión y dedicarse, de manera especial, a las familias cristianas (n. 202-204). La conversión de los ‘pastores’ hacia una evangelización integral parece ser el desafío más imperioso del momento eclesial que estamos viviendo. Contundente, en este sentido, es el documento de Aparecida cuando, refiriéndose a la pastoral urbana, pide que: “Brinde atención especial al mundo del sufrimiento urbano, es decir, que cuide de los caídos a lo largo del camino y a los que se encuentran en los hospitales, encarcelados, excluidos, adictos a las drogas, etc.” (517).

 

La misión de los ‘discípulos misioneros’ al servicio de la ‘vida plena’
El documento de Aparecida, acerca de la tarea evangelizadora, o sea, de la Misión eclesial, indica concretamente cinco acciones y ‘dos requisitos’ para realizarla:
 

a) Acciones:

1. La primera acción misionera indicada es “el anuncio” y la aceptación del Kerigma (n. 348-352).

2. La segunda acción consiste en “la imitación de las actitudes de Jesús”, que son la de estar siempre al servicio de la “vida plena” de los enfermos, hambrientos, pobres y pecadores (n. 353-357).

3. La tercera acción se vive en la “lucha” por una vida más digna para todos, puesto que muchos son, aun hoy, los excluidos sociales, privados o disminuidos en su dignidad (n. 358-359).

4. La cuarta acción consiste en una ardiente “actividad misionera”, incluyente del anuncio de la ‘vida’ en Cristo. En efecto, es dándola a quien la carece, que se consolida (n. 360-361).

5. La quinta acción consiste en el compromiso de una “Gran Misión Continental”, en vista de un nuevo Pentecostés, al estilo del Maestro y mirando a María, imagen perfecta de discípula misionera (n. 362-364).
 

b) Requisitos para la realización de la Misión:

1. Para realizar esta gran misión evangelizadora urge una “Conversión Pastoral y Renovación Misionera” de las comunidades, que permita abandonar las “estructuras caducas”, con reformas institucionales audaces, sea pastorales que espirituales. Además, los proyectos pastorales de las Diócesis, si quieren ser actualizados y eficaces, deben de dar cabida, a nivel de participación y de decisiones, a los laicos y deben orientarse, como misión propia, hacia los pobres y los alejados. Urge a todos pasar de una pastoral de mera conservación a otra más misionera (n. 365-372). Se trata de otro enorme desafío para nuestra Iglesia latinoamericana.

2. Que la misión se despliegue hacia todos, o sea, “ad gentes”. Ésta, hoy, debe abrirse, sobre todo, a los alejados de la fe y no practicantes, sin la exclusión, desde luego, de misionar también “a la otra orilla”. La Misión se sustenta sobre la certeza que la fe se fortifica dándola (n. 373-379).

 

El desafío de una evangelización ‘integral’: construir el Reino de Dios y promover la dignidad humana
Reiteramos, con Aparecida, que la Evangelización, en América Latina, debe incluir la acción social, la promoción y defensa de la dignidad de cada persona, la ayuda constante a los más pobres y la construcción de estructuras más justas, sea del pensamiento que sociales. A este punto, Aparecida renueva “la opción por los pobres” como algo que debe de estar siempre presente y exigirnos compromiso real, más que palabras (n. 380-386). La acción pastoral, por lo tanto, hará lo posible para que cada persona humana viva de acuerdo con la dignidad, que Dios le ha dado, y las estructuras eclesiales, que casi siempre han privilegiado otras clases, se conviertan a ellos. Por esta razón, se reclama “dedicar tiempo a los pobres” y defender sus derechos conculcados (n. 387-396). La promoción humana, por tanto, debe ser parte de nuestra evangelización y, ésta, debe ser integral (n. 399-400). Para ello, se requiere una pastoral social mejor estructurada, orgánica y profética, que tenga en cuenta los rostros de los socialmente excluidos y denuncie los abusos contra ellos (n. 401-405). La realidad sufriente nos exige acciones sociales y económicas que, a la luz del Evangelio y de la DSI, la trasformen, tanto a nivel local que nacional (n. 406-410). Los nuevos rostros de los pobres, entre ellos las personas que viven en la calle y los emigrantes, interpelan a la Iglesia y le exigen la “denuncia profética” de los atropellos que padecen (n. 407-416). Tampoco podemos olvidar al rostro sufriente de nuestros enfermos, de los adictos dependientes y de los encarcelados (n. 417-429). La Iglesia, maestra reconocida de comunión, puede y debe favorecer la integración cultural entre los pueblos latinoamericanos animando a construir una “casa de hermanos” y una civilización del amor. Sin embargo, estos deseos serán verdaderamente utópicos si no hacemos lo posible para asimilar el espíritu misionero de Aparecida; si no nos decidimos, todos, obispos, presbíteros, religiosos/as y laicos, a convertirnos hacia una pastoral más dinámica; si no estamos dispuestos a transitar de una pastoral de mantenimiento, conservadora y para ‘clientes ’, a otra misionera, de servicio y de compromisos.
 

Ha sido deseo de Aparecida “despertar en todos un gran impulso misionero” e inculcarnos una espiritualidad evangelizadora. A las palabras de Aparecida habrá que darles más densidad y contenido dejando, con esperanza y optimismo, todas las estructuras que siguen estorbando en el nuevo camino de la iglesia de América Latina y el Caribe. Y nunca olvidarnos que la opción preferencial por los pobres es obligatoria para todos y que, en ella, consiste nuestro negocio de santidad. Aparecida, además, eligió “tres espacios especiales” por evangelizar: la cultura, la vida pública y la ciudad.

 

1. La evangelización de la cultura

Si la cultura consiste: “En el modo particular con el cual los hombres cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana” (n. 476) la Iglesia, en ello, tiene seguramente un papel importante. En efecto, es considerada como creadora y animadora de la cultura latinoamericana (n. 477).
 

Por encontrarse confrontada con las luces y sombras de la cultura actual, o sea, con “el individualismo, responsable del relativismo ético y la crisis de la familia” (n. 479) la Iglesia deberá ser suficientemente crítica y propositiva, sobre todo, de la ‘vida en Cristo’, verdad última del ser humano. En el contexto general de la evangelización, les corresponde a los evangelizadores contrarrestar la cultura de muerte de la sociedad contemporánea con la cristiana de la solidaridad, según los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia. La Iglesia, desde luego, pastoralmente, deberá también denunciar los modelos antropológicos ‘incompatibles’ con la naturaleza y la dignidad del hombre (n. 480). Evangelizar la cultura, en efecto, significa procurar que la FE penetre “profundamente” en el sustrato cultural del pueblo. Éste, por su parte, debe ser crítico de las ideologías que se les quieren imponer: la libertad absoluta y sin límites, el individualismo y el relativismo ético y religioso. La nueva evangelización, por tanto, deberá engendrar modelos culturales alternativos, impregnados de Evangelio, e intentar llegar también a los alumnos y maestros de las escuelas de gestión estatal, en nombre de la libertad de educación, y a la luz del principio de subsidiariedad (n. 481-483).
 

Tomando conciencia que la cultura, hoy, es ‘mediática’ la nueva evangelización deberá aceptar el desafío de evangelizarla. La comunicación social, o sea, los medios modernos de comunicación son, por cierto, sus nuevos areópagos. Los medios modernos de comunicación son parte de los nuevos espacios culturales en los que debemos incidir para que la comunicación e información sea verídica y ética; para que pueda ser utilizada, para evangelizar, también por parte de la Iglesia (n. 487- 490).

 

2. La evangelización de la vida pública

Otro desafío de una nueva evangelización es la ‘vida pública’. En ella, debemos hacernos más presentes evangelizando, en primer lugar, a los actores políticos y, en segundo lugar, al mundo del turismo y entretenimiento, nuevos campos misioneros y pastorales (n. 493). Lo lograremos preparando, adecuadamente, a los laicos para una presencia más masiva en la vida pública y a través de la formación en Doctrina Social Cristiana (n. 497), convocando a las Universidades Católicas, para que sean cada vez más lugar de producción e irradiación del diálogo entre fe y razón y del pensamiento católico (n. 498), resistiéndonos a las presiones laicistas, que quisieran una Iglesia replegada en los templos y dedicada a los “servicios religiosos” e invitándolos para que actúen en la sociedad, hoy tan resistente a los valores evangélicos y tan impregnada de laicismo y relativismo, como fermento en la masa.

 

3. La evangelización de la ciudad

En Aparecida se le dio mucha importancia a la ‘pastoral urbana’, porque se reconoció que son “las grandes ciudades los laboratorios de la cultura contemporánea, compleja y plural” (n. 509). Las ciudades, en efecto, son lugar de convivencia de diferentes categorías sociales y de una gran multitud de pobres (n. 512). Es en ella donde coexisten binomios que se desafían permanentemente: tradición y modernidad; globalidad y particularidad; inclusión y exclusión; personalización y despersonalización; lenguaje secular y lenguaje religioso; homogeneidad y pluralidad (n. 512). La sensación de miedo y frustración pastoral, que se palpa en las grandes urbes, debe dejar lugar a la esperanza y al optimismo (n. 513). Dentro de esta pastoral urbana, no injustificadamente, se pide, con urgencia, mayor atención a la juventud, por ser la más ausente de la vida eclesial y de la fe.

 

Reflexión conclusiva
Es deseo de la Iglesia, en fin, y de su Santidad Papa Benedicto XVI, “despertar en todos un gran impulso misionero” e inculcarnos una precisa ‘espiritualidad evangelizadora’. A las palabras de Aparecida y de su Santidad habrá que darles densidad y contenido dejando, con esperanza y optimismo, todas aquellas estructuras que siguen estorbando en el nuevo camino evangelizador de la Iglesia. Los católicos de América Latina y el Caribe ¿Estamos, de veras, dispuestos a cambiar en pro de una nueva y más eficaz evangelización?

 

Sobre el autor
P. Umberto Mauro Marsich, misionero xaveriano. Se licenció en teología dogmática y realizó un doctorado en teología moral en la Pontificia Universidad Angelicum de Roma con su tesis sobre “El pecado social”. En 1975 llegó a México para ejercer su ministerio entre los indígenas náhuatl de la Huasteca hidalguense. Posteriormente se dedicaría a la docencia en el Colegio Centro Unión de San Juan del Río, Querétaro (donde llegó a ser director de dicho instituto), en la Universidad Autónoma de Querétaro, en la Universidad Pontificia de México (UPM) y en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México (IFTIM). Actualmente es colaborador de revistas nacionales e internacionales y es maestro y miembro activo del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC).


 

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