Jesús está en su pueblo, Nazaret. Las palabras que pronuncia en la sinagoga producen admiración: “Es el carpintero, el hijo de María. El que ha vivido treinta años en medio de nosotros. ¡Ahora sale con que es Maestro de sabiduría! Pero, ¿de dónde lo saca? ¿Dónde lo aprendió?”. No le llevan a los enfermos para que los cure, porque no se fían de él. Es lo contrario de lo que hicieron Jairo y la mujer enferma. Ellos se fían, y consiguen la curación.
La gente de los pueblos que Jesús evangeliza depositan su fe en él a causa de los milagros que estaba realizando, y se preguntan ¿quién será éste? Mientras que sus paisanos más que escuchar lo que decía y juzgarlo con base a ello, se escandalizan de él. Esto les resultaba un obstáculo para creerle: el hecho de que lo conocían bien. Cuando el evangelista presenta a los “hermanos y hermanas” de Jesús, no intenta designarlos como parientes directos de Jesús, hijos de la misma madre, María, sino como la parentela más cercana a la familia.
Esto ha sido “pieza clave” para que algunas confesiones no católicas lo utilicen para indicar “hermanos carnales” de Jesús. Este argumento se cae con suma facilidad estudiando el contexto social en el que se movió Jesús, el Hijo de Dios.
P. José Salud |