Hoy viene propuesto un breve párrafo que es como el perno que une el “discurso misionero” y el “discurso en parábolas”. Jesús eleva su alma a Dios, su Padre, para alabarlo, bendecirlo y darle gracias por sus grandes designios. Él es el Señor de todo el universo: los cielos y la tierra le pertenecen en absoluto. Esta alabanza de Jesús a su Padre, no es tanto porque haya ocultado cosas a los que se creen sabios e inteligentes, escribas y fariseos, sino porque ha revelado a los pequeños y sencillos los tesoros del Reino. A estas personas les es dado como un don y regalo.
El Reino y su revelación son como un tesoro escondido que se descubre, o como una perla de gran valor que se encuentra. “El Padre ha puesto todas las cosas en mi mano”, esta frase hace pensar en Jesús como el rey mesiánico; más aun, el Hijo por excelencia, el Hijo de Dios, a quien el Padre ha comunicado todo el poder. Como trasfondo bíblico está la misteriosa figura del Hijo del hombre, que recibe de Dios “un imperio eterno que nunca pasará, y un reino que no será destruido jamás” (Daniel 7,13-14). |